Como tantos días desde que volé por primera
vez, la brisa del amanecer al salir de mi casa me trae el aroma de la libertad y el sonido
del parapente surcando el aire. Siempre, incluso antes de que yo supiera que podría
volar, el olor del aire al amanecer me ha parecido un perfume misterioso, fraguado en
bosques lejanos y en campos recién cosechados. He seguido ese perfume buscándolo allá
donde he ido, y lo he encontrado en los lugares más insospechados: no sólo entre la
hojarasca que tapiza el suelo de un hayedo, o en un barbecho viendo a los topillos
atreverse a salir de sus escondrijos, sino a veces también en las avenidas de una ciudad,
pero siempre asociado al amanecer.
Pero el campo tiene muchas más cosas capaces
de capturar a un espíritu receptivo, y el aprender a volar me ha hecho levantar la vista
a las nubes, intentar ver el viento, escuchar la respiración de la térmica que te ayuda
a despegar o que te dispara hacia arriba en pleno vuelo. Y como piezas dispersas de un
rompecabezas, las nubes que bailan allá arriba, las polvaredas que se levantan allá
abajo en el valle de forma imprevista, los demonios de polvo que pasan danzando por
cualquier sitio, las rachas de viento y las sombras que cruzan como fantasmas el paisaje,
se han ido metiendo en mi cabeza.
Hasta que un día, quizá con la ayuda de un
piloto experto que me explica por qué una térmica se dispara aquí y no allí, en mi
mente cristaliza de repente una imagen que hace que algunas de estas piezas se relacionen
y cobren nuevo sentido.
En ese momento es como si se hiciera una luz y
aparecieran nuevos elementos en el paisaje. Se podría pensar que ahora, que tengo una
idea tal vez más acertada de cómo funciona en realidad la Naturaleza, ésta me
parecería más simple, pero resulta ser lo contrario: ahora que tengo un esquema mental
más amplio de lo que ocurre, tengo también más capacidad de ver otras cosas. Nuevos
elementos desconocidos, que antes ni siquiera podía percibir, aparecen ante mis ojos
buscando una explicación. Quizá hoy sé algo más que ayer. Quizá hoy vuelo un poquito
mejor que ayer, pero lo que me falta por aprender y por entender sigue siendo infinito.
El vuelo aporta, más que ningún otro deporte
que yo conozca, la sensación de que nunca terminarás de aprender. Siempre tendrás cosas
nuevas que podrás intentar, y cosas ya aprendidas que podrás mejorar. Aunque es una
actividad que sólo consiste en volar, nunca deja de ser un inabarcable panorama de nuevas
sensaciones, de emociones desconocidas, de aprendizajes que te obligan a replantearte lo
sabido.
Es la misma sensación que cuando contemplas un
paisaje familiar: resulta conocido pero nunca es igual, siempre hay algo diferente, algo
que nos cuenta una historia nueva, o quizás un lugar nuevo donde también se fragua el
olor del amanecer y el sonido de la vela surcando el aire.
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