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132: UN PANORAMA INACABABLE.
Nacho Melendez
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        Como tantos días desde que volé por primera vez, la brisa del amanecer al salir de mi casa me trae el aroma de la libertad y el sonido del parapente surcando el aire. Siempre, incluso antes de que yo supiera que podría volar, el olor del aire al amanecer me ha parecido un perfume misterioso, fraguado en bosques lejanos y en campos recién cosechados. He seguido ese perfume buscándolo allá donde he ido, y lo he encontrado en los lugares más insospechados: no sólo entre la hojarasca que tapiza el suelo de un hayedo, o en un barbecho viendo a los topillos atreverse a salir de sus escondrijos, sino a veces también en las avenidas de una ciudad, pero siempre asociado al amanecer.
        Pero el campo tiene muchas más cosas capaces de capturar a un espíritu receptivo, y el aprender a volar me ha hecho levantar la vista a las nubes, intentar ver el viento, escuchar la respiración de la térmica que te ayuda a despegar o que te dispara hacia arriba en pleno vuelo. Y como piezas dispersas de un rompecabezas, las nubes que bailan allá arriba, las polvaredas que se levantan allá abajo en el valle de forma imprevista, los demonios de polvo que pasan danzando por cualquier sitio, las rachas de viento y las sombras que cruzan como fantasmas el paisaje, se han ido metiendo en mi cabeza.
        Hasta que un día, quizá con la ayuda de un piloto experto que me explica por qué una térmica se dispara aquí y no allí, en mi mente cristaliza de repente una imagen que hace que algunas de estas piezas se relacionen y cobren nuevo sentido.
        En ese momento es como si se hiciera una luz y aparecieran nuevos elementos en el paisaje. Se podría pensar que ahora, que tengo una idea tal vez más acertada de cómo funciona en realidad la Naturaleza, ésta me parecería más simple, pero resulta ser lo contrario: ahora que tengo un esquema mental más amplio de lo que ocurre, tengo también más capacidad de ver otras cosas. Nuevos elementos desconocidos, que antes ni siquiera podía percibir, aparecen ante mis ojos buscando una explicación. Quizá hoy sé algo más que ayer. Quizá hoy vuelo un poquito mejor que ayer, pero lo que me falta por aprender y por entender sigue siendo infinito.
        El vuelo aporta, más que ningún otro deporte que yo conozca, la sensación de que nunca terminarás de aprender. Siempre tendrás cosas nuevas que podrás intentar, y cosas ya aprendidas que podrás mejorar. Aunque es una actividad que sólo consiste en volar, nunca deja de ser un inabarcable panorama de nuevas sensaciones, de emociones desconocidas, de aprendizajes que te obligan a replantearte lo sabido.
        Es la misma sensación que cuando contemplas un paisaje familiar: resulta conocido pero nunca es igual, siempre hay algo diferente, algo que nos cuenta una historia nueva, o quizás un lugar nuevo donde también se fragua el olor del amanecer y el sonido de la vela surcando el aire.

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