La senda estrecha y pedregosa que conducía a
la cima del pico había desaparecido y, en su lugar, unos montoncillos de piedras, los
"hitos", me habían acompañado hasta allí. En la cumbre del pico Almanzor, en
el circo de Gredos, me sentía el dueño del mundo. Aquella aventura en solitario había
sido un reto realmente serio para mí, y lo había superado. Con la euforia de un
adolescente de dieciséis años veía, literalmente, el mundo a mis pies. "Lo he
conseguido. Lo he conquistado".
No era para menos, hay que reconocerlo. Yo
había llegado hasta allí en solitario, aprovechando un fin de semana, vivaqueando y
metiéndome en una aventura que me parecía gigantesca. La sensación de triunfo estaba
justificada, y mi sentimiento de conquista era sano y transparente.
Aquel sentimiento era también ingenuo y
equivocado. Lo comprendí de repente un día en ese mismo lugar, años más tarde, cuando
volví a aquella montaña con paso más tranquilo y con una mirada menos ansiosa. Aquella
vez no bajé al trote el trecho del camino que desciende hasta el circo, sino que me
detuve a contemplar aquella majestuosa masa de granito; dejé resbalar la vista por los
canchales de sus laderas y por el cuchillar que cierra el circo a su izquierda, por sus
rocas tiznadas de líquenes fosforescentes y por la laguna en el fondo de aquel anfiteatro
de roca.
Y entonces el pico me habló. "Sabía que
volverías", se limitó a decir. El nudo que sentí en la garganta y la emoción que
se me vino a los ojos me sumergieron en una sensación de pequeñez frente a aquella
demostración enorme y tranquila de poder.
Mirando en dirección a la cumbre creí ver
allí al joven de dieciséis años que permanecía desde aquel día, mirando al mundo
desde arriba y sintiendo en su pecho el orgullo del conquistador. Ahora volvía convertido
en adulto y con un sentimiento muy diferente: "La montaña me ha conquistado. Una
parte de mí estará siempre aquí, y si un día esta montaña desapareciera, yo no
volvería a estar completo".
Alejo estos recuerdos, que se me han metido en
la cabeza sin avisar y que amenazan con hacerme perder la concentración, y miro el vario.
Marca dos mil cien metros sobre el despegue, esto es para mí una hazaña que no consigo
todos los días. De pronto caigo en la cuenta de que es, de hecho, mi récord de altura.
Tengo motivos para dar saltos de alegría. Me concentro en la ascendencia, que ya está
flojeando y deslizo la mirada por el paisaje a mis pies (exactamente debajo de mis pies) y
por el horizonte dibujado por la Sierra de Gredos. No veo el Almanzor, aunque sé que
está por allí. Le envío un saludo silencioso mientras trato de visualizar la térmica
que me ha subido hasta aquí. ¿Se habrá acabado ya? ¿Estará en otro sitio? Trato de
entender la situación, de ver cómo está funcionando el viento hoy. Veo allá lejos unas
nubes ya muy estiradas, a mi altura y empiezo a entender que hoy seré incapaz de subir
más. ¿Habrá forma de quedarse por lo menos un rato más aquí? Sigo buscando. Aunque el
sol ya flojea, quizá allí, si esa ladera tira y la térmica se dispara en ese cortado,
es posible que...
Me dirijo hacia el lugar donde sospecho que
debe haber una ascendencia, aunque sin mucha fe en mi capacidad de predicción. Y entonces
ocurre. El vario empieza a pitar otra vez. Esto es increíble. Supongo que habrá quien
esté acostumbrado a que le pase esto, pero para mí es magia. Hoy tengo suerte.
Y entonces es el viento quien me habla, igual
que hizo la montaña: "Sé que querrás intentarlo de nuevo. Sé que volverás".
Ya en el aterrizaje y con la vela aún
extendida delante de mí, miro al cielo y casi puedo ver el aire que se retira, montaña
abajo, a dormir. Y sé que también me ha conquistado, que soy suyo y que cuando yo quiera
estar completo tendré que regresar y pedirle que me lleve de nuevo arriba para
reencontrarme con la parte de mí que se ha quedado allí. Y sé lo que me dirá el viento
cuando me vea buscarle en el despegue: "Sabía que volverías", me susurrará al
oído.
Nacho Meléndez
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