A Ambrosio Castañas siempre le había atraído
la aventura; lo tenía muy claro desde que había conseguido mangar una latita de
champiñones en lonchas en el Ahorramás sin que le pillaran. Al acercarse a la caja y
sentir las miradas de los empleados, al pagar la parte declarada de lo adquirido, notando
el bulto de la mercancía sustraída en el bolsillo de su abrigo, al sentir su corazón
acelerarse por la proximidad del peligro y su pulso iniciar un leve temblor al manipular
el monedero, no pudo por menos que sentirse superior al resto de los mortales. "Esto
es lo mío".
Ambrosio Castañas, impregnado por ese
espíritu de aventura que ya no le abandonaría nunca, decidió dar el siguiente paso: se
compró un todoterreno y le puso varias pegatinas del Camel Ttrophy. Cuando algunos
domingos conducía su máquina por la abrupta senda que conducía desde el asfalto hasta
el merendero donde se detenía a devorar los bocadillos con su familia, a oír el partido
en la radio del coche y de paso a lavarlo en el riachuelo próximo, mientras recorría esa
senda empinada y de trazado sinuoso aunque corto (cuarenta metros), se sentía cabalgando
las dunas del Sahara en un rallye de conducción "extreme off-road". En esos
momentos solía repetirse la frase que le llenaba de sana autocomplacencia: "esto es
lo mío".
Cuando aquel verano decidió apuntarse al
descenso de barrancos (nivel de iniciación), dio una elogiable muestra de prudencia al
confesar en privado al monitor que nunca había tocado otra cuerda que la de tender la
ropa, lo que le proporcionó una atención personalizada muy satisfactoria. Aprendió a
bajar rapelando una pendiente de casi cuarenta y cinco grados de inclinación. El temblor
de sus manos al resbalar por la cuerda, su respiración agitada tras los siete metros de
recorrido por aquella pared imposible, el sabor de la adrenalina, le trajeron de nuevo la
convicción de que era un adicto a las actividades de alto riesgo y aventura. Y aunque no
acudió a las siguientes convocatorias para intentar barrancos de progresiva dificultad,
volvió a decirse: "esto es lo mío".
Ambrosio Castañas, un día en que investigaba
territorios inexplorados al volante de su cuatro por cuatro dieciséis (válvulas), vio
pasar sobre su cabeza un parapente que aterrizó unos metros más allá. Ambrosio notó
ese escalofrío de emoción, esa relajación involuntaria de sus esfínteres que
reconocía como la llamada de la aventura y, sin pensarlo dos veces y desoyendo los
comentarios de su mujer, su suegro y su hijo, que a la sazón y a regañadientes le
acompañaban en aquella exploración, se dirigió, con el coche aún puesto, hacia la
persona que en esos momentos estaba despojándose de su equipo de vuelo. La visión del
casco, de aquel instrumento que hacía pi-pi-pi-pi, de los guantes, de la radio, de las
gafas de sol, de aquel trapo de llamativos colores, de esa madeja incomprensible de
cordeles, del mono de vuelo lleno de cremalleras y con parches con nombres de marcas,
tenía hipnotizado a Ambrosio.
Su instinto de camuflaje verbal le permitió
enriquecer muchísimo, en apenas unos segundos, su diccionario de sinónimos: tirarse,
saltar y caer se convirtieron en volar, despegar y aterrizar. Era cuanto necesitaba para
sentirse identificado también con este nuevo tipo de aventura. Pero lo que le dejó
realmente impactado fue el ofrecimiento de aquel piloto, de inscribirse como alumno y
realizar el curso para aprender a volar.
El que el ofrecimiento fuera hecho delante de
su familia es lo que impidió a Ambrosio encontrar una excusa plausible, así que aceptó
adoptando la despreocupada actitud del que va a aprender algo que no le sorprende gran
cosa.
El curso fue breve (demasiado breve, todo hay
que decirlo), y Ambrosio se encontró, antes de darse cuenta, ataviado con un equipo
básico, amarrado a la vela con la que había dado sus dos docenas de carreritas cuesta
abajo y enfrentado al precipicio al que tendría que tirarse cuando la metálica voz de la
radio le azuzara a correr.
Así lo hizo. Corrió, pero se olvidó de
levantar las bandas. Vuelta a extender la tela.
Al segundo intento levantó una mano más que
otra.
Al tercer intento se enredó un pie con un
cordino.
Al cuarto se resbaló en una caca de perro.
Al quinto la vela se levantó bien, pero él se
quedó quieto mirando al infinito y la tela le cayó encima sumergiéndole en la
isotropía de la luz filtrada por el tejido.
Al sexto intento, cuando la realidad se había
convertido ya en una sensación vaga, ahogada por los vapores de la adrenalina, el sudor y
el café ingerido un rato antes y que amenazaba con su regreso tubo digestivo arriba, la
vela, por alguna causa desconocida, se levantó bien y Ambrosio, antes de darse cuenta se
encontró en el aire, balanceándose aún en la silla. La radio le gritaba
"¡derecha, haz derecha, derecha, coño!"
Ambrosio bajó un mando y acertó por
casualidad con el derecho. Luego ya pudo ver algo. Vio el paisaje a sus pies, sintió el
viento en la cara y sintió la auténtica emoción de estar volando. Y sintió un miedo de
campeonato.
La voz metálica de la radio vino a sacarle de
ese estado de conmoción. Un girito para un lado, otro girito para el otro lado y un
aterrizaje relativamente suave. "E-e-e-esto es lo mío" -acertó a balbucear
para darse ánimos.
Yo conocí a Ambrosio apenas un mes después de
esto. Le vi en el despegue con su vela recién estrenada aún en la bolsa, con sus gafas
de sol, sus guantes, su mono con cremalleras y parches de marcas, el vario atado a una
pierna, el casco en la mano, mirando el paisaje y las nubes. Como soy de natural sociable,
me acerqué, me presenté y, desconociendo aún si sería un experto piloto local, le
pregunté qué tal veía la cosa.
"Está instalado un régimen de
termoladera, pero los disparadores térmicos no están funcionando todavía. Me parece que
vamos a tener un día de térmica azul. Seguro que esta tarde tenemos una restitución de
libro" -me soltó de un tirón.
Yo le miré sin atreverme a decir nada. Luego
le vi despegar de aquella manera. Yo fui de los que le ayudaron a recoger la vela cuando
le pasó aquello en el tobillo y en el brazo; creo que tuvo bastante suerte después de
todo.
En fin... esto es lo suyo.
Nacho Meléndez
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